Entrevista a una Escort

¿Quién eres y qué haces?

Soy una joven de 22 años de edad estudiante de inglés y trabajo como escort. Durante el día, soy una de chica universitaria que intenta sacarse la carrera y por la noche cambio mi vida por una vida de lujo y me dedico a ser la acompañante en fiestas, hoteles o simplemente disfruto de citas con gente de nivel alto.

¿Cuánto tiempo llevas trabajando como escort?

Oficialmente empecé hace 3 meses, aunque parece que haya pasado mucho más tiempo.

¿Cómo empezaste haciendo este tipo de trabajo, y que te condujo a empezar?

He estado interesada en este tipo de trabajo sexual durante años. Cuando era adolescente, yo estaba fascinada por el sexo, pero no era lo carnal, sino el frenesí de sensaciones nuevas. Esta curiosidad creció justo cuando tenía unos dieciséis años.

Pasaron los años,me mudé a una nueva ciudad para ir la universidad, vivía sola, tenía plena libertad. Yo tenía un montón de sexo con chicos, aunque nunca me pagaron por ello. Me enteré de que no me importa tanto la gente como yo pensaba. Fuí construyendo una armadura sin darme cuenta.

Eventualmente tomé la decisión de enviar un correo electrónico a una agencia de escorts. Sentía la necesidad de entrar en contacto con chicas que eran escorts. Conocí a una chica que tenía unos cuantos amigos siendo stripper en la ciudad. Ella empezó primero y su entusiasmo me llevó finalmente verlo por mí mismo.

¿Cómo crees que reaccionaría tu familia si lo supieran?

No soy religiosa. Mi padre puso mucho énfasis en la educación. Si no hubiera sido por él, yo probablemente no sería tan escéptica.Él me enseñó a cuestionar todo – incluyendo la autoridad, lo que me ha llevado a ser mucho más independiente.

Yo nunca contaría a lo que me dedico Mantener el trabajo y la vida independiente, es lo que quiero.

¿Cómo es un día “normal” para ti?

Es miércoles. Me levanto y voy a la universidad. Estoy en mi último año de universidad y tengo por lo menos dos horas de clase todos los días de la semana excepto los viernes. Entro en las aulas, tratando de ser lo más discreta posible si llego tarde. Mi profesor habla sobre Pablo Neruda. Yo río ante la ironía de mi educación romántica, hay tanto contraste con mi trabajo…

Me voy a casa. Mis turnos comienzan a las seis y terminan a las doce; esto significa. Es por eso que la mayoría de las noches llevo a casa a uno o dos, dependiendo de donde vive el cliente y lo que le gusta. El cliente esta noche propone la cena a las 10, lo que significa que soy recogida por el conductor de la agencia a las nueve y media. Con la mayoría de los clientes me permito vestir a la manera que me gusta; la agencia me anima a esto con el fin de que nos sintamos cómodas.

Llego al apartamento del cliente, lo saludo y beso, excuso al baño, para recoger el sobre lleno de dinero sobre la mesa del pasillo. Yo llamo al conductor, lo que le permite saber que estoy segura.

Salimos a cenar. A pesar de mi insistencia en la separación del trabajo y el juego, la mujer que soy ahora no es demasiado diferente de la mujer que soy en cualquier otro contexto. Es fácil tener una conversación, risa, bromas, incluso discutir seriamente de política y la religión. Dejemos que hablen; hay que conocerlos primero. Me preguntan sobre mi, en lo cual yo doy respuestas medio honestas. No nos tocamos en público. Para todos los demás, probablemente parezca que está poniéndose al día con la hija de un viejo amigo.

En su apartamento tomamos un vaso de vino. Dejo que los clientes inicien el proceso – la mayoría de ellos les gusta saber que tienen el control de esta experiencia, y yo soy lo suficientemente pequeña para jugar a ser sumisa. La mayoría de ellos disfrutan de los placeres simples – una mujer desnuda, atractiva, a menudo es suficiente. En este contexto, hay que ser vocales sobre sus deseos, ya que es una cuestión de consentimiento.

Nos duchamos después, por separado. Hemos de estar alrededor de la cama, hablando de su semana de trabajo. Esto suele ser una introducción para comenzar a acariciarle, le comienzo a hacer un masaje.

El controlador llama exactamente 12:03a.m.. Nos besamos adiós; Te prometo que él escogerá el restaurante la próxima semana.

¿Cuál es la mejor cosa sobre el trabajo que usted hace? ¿Qué es lo peor?

Lo mejor de todo? La gratificación instantánea. Esto incluye el pago, que se da en efectivo;que incluye los elogios, que generosamente se dan sin lugar a dudas que estos hombres son caballeros de la vieja escuela.

¿Lo peor? El malabarismo. Moonlighting es agotador en cualquier contexto y tanto este trabajo y mi educación requiere una buena cantidad de estimulación mental.

Elena, ucraniana, 27 años, acompañante

Elena, ucraniana, 27 años, es acompañante de lujo, una escort según el término anglosajón adoptado ya en nuestro país. Es decir, es una de las chicas a las que nuestro solitario ejecutivo de visita en Barcelona recurre para una ocasión tan especial. Quizás para toda la noche: para que le acompañe al partido, a las celebraciones posteriores y probablemente también al hotel. Sí, prácticamente todas las citas como ésta incluyen sexo, pero no solo: se trata de contar con una compañía con la que compartir la experiencia sin las tensiones propias de tanta corbata junta o, por qué no, quizás de aparentar éxito también en la vida privada. Elena sabe cómo hacerlo, en cualquier contexto, incluso en una reunión de negocios si hace falta. Pero, claro, eso se paga: en su caso, 400 euros la primera hora; 200 más las adicionales; 1.600 la noche o 3.200 si lo que quieres es un fin de semana entero, por qué no. De hecho, fue el tiempo que la contrataron en una de sus últimas visitas al extranjero, a Dubai en concreto, en lo que ella vivió como unas “minivacaciones”, según cuenta a DT.

De común acuerdo
La disposición para viajar es una las características de Elena, y de la mayoría de acompañantes que ofrece Barcelona Escorts, una de las agencias pioneras en este tipo de servicios, con más de 20 años de experiencia. Su labor es la de actuar como intermediario, poner en contacto al cliente con la chica, y poco más. Eso sí, con unas chicas que han pasado un casting previo hasta demostrar que cumplen los requisitos necesarios para un cliente “que sabemos exigente por naturaleza”, según cuenta uno de los socios de la agencia. “Tienen que hablar idiomas, ser muy educadas, tener un cierto nivel cultural y, por supuesto, un físico muy cuidado, al igual que el vestuario”.

Pero, una vez seleccionadas, ninguna hace nada que no quiera hacer. Ellas ponen los límites. “Las pautas las marcan ambas partes, incluso diría que más nosotras”, comenta Menchu, española, 32 años, escort también, otra de las incluidas en la agenda de Barcelona Escorts. La dinámica de funcionamiento de la agencia parece confirmar esta libertad de la que gozan. “El cliente nos da tres nombres de entre los que figuran en la web -explican desde Barcelona Escorts-, donde pueden consultar sus fotos. Luego, le enviamos otras fotos con la cara descubierta, para que no haya dudas sobre lo que van a encontrarse. Cuando él elige, le toca a la chica decidir si le encajan los detalles del plan o simplemente si está de acuerdo. Si lo rechaza, recomendamos al cliente otras opciones disponibles. Siempre son el cliente y la señorita los que deciden”. “Si no fuera así -remata Menchu- no funcionaría”.

Esa libertad de elección afecta, por supuesto, al sexo. Cada chica dice hasta dónde está dispuesta a llegar: algunas ponen como condición el uso del preservativo; otras se niegan a practicar sexo anal; los tríos no parecen ser demasiado problema…

Es difícil definir un perfil de los clientes de las escorts. Obviamente, tienen un alto nivel adquisitivo -“los ejecutivos son el grueso de nuestra clientela”, afirman en la agencia-, pero no se puede afinar mucho más. La horquilla de edad es amplísima, desde los veintitantos o treinta años hasta los 60. Al menos entre los clientes de Barcelona Escorts, hay más extranjeros que españoles y, entre los primeros, bastantes árabes. Tienen otra característica en común, según los testimonios de Elena y Menchu: un trato educado y respetuoso a la altura del servicio que demandan. “Nunca he tenido el más mínimo problema”, asegura Menchu. “Es lo que me gusta de este trabajo: que no es solo sexo, sino también salidas a cenar o a fiestas; que no encuentras gente rara, sino muy agradable, y que ganas más”.

Ninguna quiere decir cuánto. “Bueno, es que también depende de tu disposición y de las ganas -explica Menchu-: no es lo mismo que limites tu horario a tres o cuatro horas al día o a que estés disponible las 24 horas. Pero sí -reconoce-, llevamos una vida cómoda, un nivel imposible con un trabajo normal”.

También una rutina imposible con un trabajo normal. La de Elena, por ejemplo, ha cambiado completamente desde que hace dos años, cansada de trabajar mucho como modelo y ganar poco, decidió convertirse en escort. Ahora su día a día parece el de una película tan edulcorada que cuesta creer: se levanta, desayuna, consulta su ordenador y realiza cursos, en estos momentos uno de azafata de vuelo y otro de informática. Nada más. Salvo trabajar, claro.

¿En el lado negativo? Que, de momento, ha renunciado a tener pareja. “¿A ti te gustaría que tu novia se dedicara a esto?”, pregunta para explicar lo que parece una determinación más que una circunstancia. Pero tiene planes de futuro. Su objetivo ahora es ahorrar para, cuando las ganas o la edad le aconsejen retirarse, montar un negocio. “Tengo muchos proyectos…, quizás un restaurante”. Y entonces sí, compartir su vida con alguien. “A lo mejor encuentro un buen partido”, bromea. En el plano económico, la profesión también requiere de cierta inversión, sobre todo en ropa y complementos o, incluso, en idiomas: es difícil que puedas ser escort de lujo sin dominar al menos el inglés. ¿Otro aspecto negativo? Que nadie entre los suyos sabe a qué se dedica, ni su familia en Ucrania ni sus amistades aquí: “Para ellos soy modelo y nada más”.

Menchu no tiene ese problema. “No tengo por qué ocultar nada. Quien no me acepte como soy no me importa”, afirma. Ella empezó con 24 años durante un viaje a Nueva York con una amiga. “Se nos acabó el dinero y queríamos continuar más tiempo, disfrutar de la ciudad, practicar el idioma. Y mi amiga, que ya tenía alguna experiencia como escort, me animó a intentarlo. ¿Por qué no? Recuerdo los nervios de la primera vez…, hablaba mucho, como para intentar ganarme la confianza del cliente. Pero estaba con mi amiga, así que tampoco tuve que hacer mucho”.

Ese inicio al otro lado del Atlántico dio pie a una carrera internacional como pocas. Aficionada a viajar, Menchu ha trabajado de escort no solo en España -acudió a Barcelona Escorts al poco de regresar de su viaje iniciático a Nueva York-, sino también durante los periodos en que ha vivido en otros países como Japón, Italia o Australia. De hecho, por allí, por Sídney, pasan sus planes de futuro: no solo le encanta la ciudad, sino que hay una persona que la espera. “Quizás dentro de un año, porque, además, allí también puedo seguir trabajando”.